Enseñanzas

Esa mañana desperté con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar. Mi madre seguía dormida en el balancín que tenía junto a mi cama y no pude evitar observarla con cierta sensación de culpabilidad. Seguro que cuando se levantara le dolería la espalda, pero ella no se había movido de allí en toda la noche. Se había quedado velando el sueño de su hija adolescente de catorce años tras su primer corazón roto.  De esa noche recuerdo especialmente cuando me dijo: Llora y grita todo lo que quieras esta noche, pero cuando termines y salga el sol, ponle fin. El luto por un corazón roto nunca debe durar más de veinticuatro horas, guarda tus lágrimas para las cosas realmente importantes.

Al principio pensé que eso no era ningún consuelo para mí, que no entendía que “el amor de mi vida” me había dejado sin motivo aparente. Incluso le contesté entre gritos: ¡Esto lo dices por qué nunca te has sentido así!. Ella simplemente sonrió, me abrazó y me susurró: No esperaba otra respuesta. Ahora, intenta dormir.

Pasaron los días, los meses y con ellos, los años. Poco a poco, tras otras desilusiones y fracasos, fui recordando ese comentario y empecé a aplicarlo a modo de autoprotección. Parecía funcionar, pues me permitía arrancar de nuevo con el orgullo intacto y con la sensación de que tenía el control de mis emociones y mi vida.

Pero siempre llega ese momento, esa persona con la que crees que ya no necesitarás esa coraza y no solamente la rompe en mil pedazos sino que te la tira a la cara y escupe en ella. Tenía veinticuatro años y, aunque intenté aplicar esa fantástica teoría, mi luto ya llevaba una semana destrozándome los nervios. Además, mi orgullo estaba tan malherido que se había ido de vacaciones para, quizás, no volver. Había tenido que marcharme del piso que compartía con el que creía sería mi compañero en la vida para volver al nido. Debo reconocer que mis padres me recibieron con los brazos abiertos y sin ningún tipo de presión para que les contara o dejara de contar lo sucedido. Pero yo no quería estar allí. Quería estar sola para poder revolverme en mi miseria y flagelar mi alma hasta que sangrara. Por suerte, mi madre no lo permitió. Durante uno de mis momentos autodestructivos más apoteósicos, me sacó de la cama, me metió en el coche y me llevó hasta un piso en el que yo no había estado nunca antes. Se lo había comprado ella cuando tenía mi edad para irse a vivir sola tras una ruptura. Años más tarde, quedaría alquilado mientras ella proseguía su vida con el que sería mi padre.

Llegamos, aparcó, abrió el maletero y sacó un par de bolsas grandes.

  • Anda, sal del coche y ayúdame

El piso estaba en pleno centro, muy cerca de la estación de tren y del monasterio. Era una planta baja con patio, con una sola habitación, amueblado y decorado con un gusto exquisito que reconocí rápidamente como el de mi madre. 

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Ella siempre tuvo la capacidad de ser tajante y cariñosa por partes iguales. Era una persona firme, siempre dispuesta a darlo todo por los suyos, pero intolerante ante cualquier muestra de autocompasión o inacción.

  • Puedes tener tus momentos difíciles como todo el mundo, pero no debes mostrar debilidad ni menospreciarte, eso es de mediocres y perdedores. Si necesitas ayuda, la pides, pero con actitud de encontrar la solución y aplicarla. Y así con todo en la vida.

Pero una persona emocional como yo, ¿cómo podía llegar a ese punto de racionalidad? Yo no era como mi madre, por mucho que lo intentara, nunca podría llegar a ser tan analítica ni práctica como ella. En este sentido, debía reconocerlo, me sentía débil. Dentro de una de las bolsas que había traído había parte de mi ropa, de la otra sacó zapatos, abrigos y otra bolsa más pequeña que me entregó en mano.

  • Aquí dentro estoy yo. Nadie, nunca, lo ha visto o leído. Espero que te ayude, mi niña. Una vez leído, podrás preguntarme lo que quieras. En la nevera tienes comida para un par de días.

Me dio un beso, dejó las llaves sobre la encimera y se marchó.

Abrí esa pequeña bolsa y dentro encontré lo que rápidamente deduje eran unos diarios personales. Había seis. Cuatro de ellos hechos a mano aprovechando las tapas viejas de libretas y atados con gomas, los otros dos eran los típicos que se venden en las librerías con su candadito y sus dibujos horteras. En las tapas había una numeración y un rango de años, los prefabricados eran el primero y el segundo, y entre todos cubrían des del 1989 al 2013.

En ese primero, encontré un papel escrito a mano por mi madre que ponía: “Escribir sobre los sentimientos y lo que piensas en cada momento, ayuda a ahuyentar los fantasmas.” Era el diario de una niña de 9 años. En él saludaba y daba la bienvenida al lector, fuera quien fuera, a su día a día el cual ella se comprometía a relatar sin tapujos ni mentiras. Esas primeras páginas eran infantiles, sus mayores problemas y alegrías eran las excursiones con la escuela, las notas, la niña tonta que le había destrozado el lapicero… Y descubrí a una personita delicada, con miedos e ilusiones típicas de alguien muy emocional. Estuvo unos años sin escribir, un parón desde el 1990 hasta el 1994. Y allí me topé de frente con una adolescente de la misma edad que tenía yo cuando se pasó toda esa noche velándome tras mi primer tropezón sentimental. Allí empezaban sus andaduras emocionales, sus traspiés y su lucha contra ella misma y sus emociones. Y allí empezaban todos los hombres que habían pasado por la vida de mi madre y su transformación hasta lo que era: pragmática y racional, a la vez que cariñosa y empática.

Tras leer todos los diarios (no tardé más de dos días pues la lectura me apasionó) la sonrisa volvió a mi cara y mi orgullo se levantó como una tempestad. Me di cuenta de lo mucho que me había reído y llorado con las historias que contaba, de las situaciones tan similares con las que me había encontrado y de la razón que tenía cuando decía:

  • Recuerda que la única persona que nunca podrá fallarte serás tú. Jamás te decepciones a ti misma.

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