Érase una vez…

Érase una vez, en un recuerdo no muy lejano, una chica que despertó en su cama nueva. Abrió los ojos y a su alrededor había unas paredes extrañas y vacías, desnudas de cualquier tipo de decoración, llenas de espacio para llenar. Estaba cubierta con una sábana que olía a limpio y en la que aún se veían las marcas de haber sido sacada recientemente de su envoltorio. Giró la cabeza, a su derecha una ventana de marcos marrones le mostraba las vistas a un pequeño patio. También estaba vacío, no había en él plantas, ni un toldo, ni siquiera una mesa o unas sillas que la invitaran a tomarse el café de la mañana bajo ese nuevo cielo. Inhaló profundamente a la vez que se estiraba para desentumecer su cuerpo. Olía a pintura y cartón. Se levantó lentamente, frente a ella un armario empotrado de color blanco, de cuatro puertas. Lo abrió. No había nada en su interior, pero estaba preparado para poder contener cientos de cosas: zapatos, vestidos, pantalones, abrigos…

Lentamente, salió de la habitación y se encontró con un pequeño comedor lleno de cajas cerradas. A la derecha, un ventanal con las persianas a medio bajar por el que se colaba una bonita luz. A la izquierda, un pequeño pasillo y la barra abierta que separaba ese espacio de la cocina. Había una estantería, un mueble de televisor, una mesa, cuatro sillas y un sofá. Todo vacío, sin nada en ellos. Ni libros, ni cojines, ni figuritas… Nada. La chica se hizo una coleta mientras revisaba la estancia y observaba parte de esa cocina sin platos, ollas o vasos. Tenía que ir al baño con urgencia. Cruzó ese pequeño pasillo y a su izquierda un gran baño le dio la bienvenida. Todo era nuevo y reluciente, la bañera, el inodoro, el lavamanos… Brillaban los azulejos y el espejo no tenía ni una mancha en su superficie.

De vuelta al comedor, abrió la persiana para ver en su totalidad ese patio. La luz del sol acarició su piel y la invitó a salir. Era primavera y el aire aún era fresco. Sus ojos se entrecerraron para que no le molestara tanta luz mientras sus labios dibujaban una sonrisa de satisfacción. Un patio más que aceptable en el que sentirse a gusto.

Y eso era todo. No había más habitaciones, ni más baños ni paredes. Sin recuerdos de ningún pasado ni pretensiones de futuro. Por primera vez, era y se sentía libre. Y esa sensación jamás la abandonó y volvía para recordarle que podía volver a ser feliz cuando ella se lo propusiera. Pero, colorín colorado, este cuento aún no ha acabado.

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