Poniendo orden

ordenando la cabeza

A veces me da por pararme a pensar.

Mi cerebro es incapaz de estarse quieto y siempre hay cosas que dan vueltas en su interior. Normalmente, de forma desordenada. Simplemente se van moviendo, mezclándose con las emociones y chocando entre ellas. De esos choques y mezclas a veces salen cosas fabulosas y otras veces, absurdas o desastrosas. Pero a veces me da por sentarme e intentar ordenarlas un poco, frenar su frenesí y hacer limpieza para que se queden las más sensatas. Aprendí a hacer eso hace muchos años, cuando me di cuenta de que me controlaba más lo que subía del corazón que lo que había en mi cabeza. Empecé por cortar esas vías de comunicación, cada cosa en su sitio para que se mantuvieran quietas y ajenas las unas de las otras. Eso funcionó durante un tiempo, pero acabó por hacerme tragar demasiada bilis y romperme el alma en mil pedazos. Tuve que volver a permitir que se mezclaran la razón y la emoción, pero en dosis pequeñas, dando siempre prioridad a la razón. Había temporadas en las que esa mezcla se igualaba, pero siempre acababa volviendo a dominar la cabeza. Y tras años de entrenar esa válvula de paso, creía haber llegado a un punto de estabilidad suficiente que me permitiera vivir una vida en la que no molestar a nadie. Hasta que te esfuerzas tanto en mantener algo encerrado, ignorándolo e incluso intentando aniquilarlo, que no sabes como se mete por un atajo que desconocías, va directo a tu cabeza y les mete una patada a todas esas ideas y razonamientos. Sin previo aviso, no lo ves venir. De hecho, estaba convencida de que ya estaba bajo control y había dejado de prestarle atención. Poco antes, por fin, lo había metido en una caja negra y había tirado la llave. ¿Cómo demonios escapó? La verdad es que he intentado analizarlo, pero soy incapaz de encontrar la respuesta. Mi cabeza me dice constantemente que debo coger y encerrarlo de nuevo, pero cada vez que voy a ello, me duele tanto que no soy capaz de hacerlo. Otras veces, simplemente ignoro lo que me dice, porqué dejar que esa emoción esté ahí, me gusta.

Así que, como he dicho, me ha dado por pararme a pensar. En vez de estar corriendo para intentar atrapar eso, la he invitado a sentarse y hablar. Yo no había visto antes una emoción así, sabía de los rumores de su existencia, pero jamás pensé que pudiera ser real. Tras una larga discusión, hemos llegado a un acuerdo. Yo dejaré de luchar contra ella y ella dejará de darle patadas a mi cerebro. No la echaré de mi cabeza ni la volveré a encerrar, a cambio ella promete seguir insuflándome vida y enseñarme a disfrutar de su esencia. Hasta que una de las dos, en caso de que las circunstancias se vean alteradas, decida volver a pedir audiencia. Entonces, ya veremos qué hacemos. Yo, por si a caso, la vigilo de reojo.

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